miércoles, 26 de septiembre de 2012

Una tarde

Mientras escribe, sin observar el océano,
siente entre sus dedos
el temblor de la pluma estilográfica.
La marea se retira arrastrando
pequeñas piedras, restos de vida marina.
Todo esto no tiene nada que ver, no,
con el origen de su emoción. No.
Su corazón se acelera porque ella
en ese instante ha decidido entrar
completamente desnuda en la habitación.
Somnolienta, por un momento no puede imaginar
dónde está. Se dirige al baño. Sacude su cabellera.
Se sienta en el inodoro con los ojos cerrados,
la cabeza inclinada; las piernas extendidas, abiertas.
No ha cerrado la puerta del baño, él puede verla.
           Quizás,
ella esté recordando lo que sucedió esa madrugada.
Porque después de un rato, abre un ojo y lo mira.
Y sonríe con mucha dulzura.

(Una escena hipnótica, el tiempo suspendido en un instante inesperado, sencillo y bestial. Carver esculpe, pinta, golpea. Sigo acercándome...)
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