martes, 6 de noviembre de 2012

El poema que ocupó el lugar de una montaña

Allí estaba, palabra tras palabra,
El poema que ocupó el lugar de una montaña.

Él aspiraba de su oxígeno,
Incluso cuando el libro yacía del revés sobre el polvo, en su mesa.

Le trajo a la memoria cómo necesitó
De algún lugar para seguir su rumbo,

Cómo llegó a recomponer los pinos,
A trasladar las rocas, abrir camino entre las nubes,

Para una perspectiva que sería perfecta,
Donde él se consumase en una inexplicable consunción:

La exacta roca en donde sus inexactitudes
Descubriesen, al fin, el panorama hacia el que había tendido,

Donde pudiese yacer y, contemplando el mar,
Reconocer su hogar, único y solitario.

(Discreto y limpio, Wallace Stevens retrata con mocasines la posibilidad de hacerse tierra después de haberse hecho letra después de haber caído de los sonidos que no sirven después de haber sido cegado por el humo después de germinar en las vísceras. Reconocer el hogar, posiblemente. Sigo tumbado...)
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