martes, 13 de noviembre de 2012

El vanidoso

Yo sería un gran muerto.
Mis vicios entonces lucirían como joyas antiguas
con esos deliciosos colores del veneno.
Habría flores de todos los aromas en mi tumba
e imitarían los adolescentes mis gestos de júbilo,
mis ocultas palabras de congoja.

Tal vez alguien diría que fui leal y fui bueno.
Pero solamente tú recordarías
mi manera de mirar a los ojos.

Una de las caras del amor es la muerte,
en el humo de esta época eternamente juvenil.
¿Qué me queda ante ti sino la perplejidad de los reyes,
los gestos del aprendizaje ante la crecida del río,
las huellas de la caída de bruces entre la ceniza?
La propia juventud decrece
y trota la melancolía como una mula.

(Siempre vuelvo a Dalton porque me acaricia las tardes con frío, porque me recuerda sutilmente que hay arraigos equivocados de los que huir, y otros luminosos, flotantes, empecinados, anaranjados, mínimos asideros que permanecen en los ojos esperando nuestro descanso. Sigo escribiendo...)
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