martes, 26 de febrero de 2013

Caída (Canto 5)

Las ráfagas de luz desfibran noche
dueña de su estación, dueña de mí
que miro en la ventana un cielo opaco,
su gravidez, la prisa del invierno
por ser él, tan de golpe, con cansancio
de sol plomo, de sol piedra de nube.
Aspiro el absoluto de estar vivo
y le hago sitio al aire de este mundo
en los pulmones y en el corazón.
Quién cuida el vino leve del vivir
y las horas sin hora de la gracia.
La llamo plenitud, la llamo mar,
o la llamo sosiego y entusiasmo
cantado sin motivo y con motivo;
euforia de decir lo que se dice.

Pero también sustancia entre dos ánimos,
y contundencia de no estar y estar
en el aroma de lo que contemplo:
un mundo matinal, sereno y frío.
Ignoro el pasadizo hacia la huida.
Nos queda el sol. Que roza nuestra piel
y que resiste cuando no resistes.
Y los colores hechos compañía,
y la amistad que suena como un río.
Será posible estar, abrir el mundo,
darle ciudadanía a su misterio
por el que cruzan bajas las gaviotas
en un acuerdo natural y único
entre ser y habitar; ser y ser más.
Quien desaloja fe cifra su estancia
en algún modo de insistir erróneo,
capaz de acomodarse a las arterias,
a una fraternidad confusa o sometida
al mar que ayuda a ser. Respiro tiempo
como si la quietud se desplegase.
Dejará de doler y será dulce.

(De Caída, Pre-Textos, 2002; detrás eso que abre Álvaro García -un misal un libro de autoayuda los mismísimos upanishads- amanece algo filósofo su espejo, y parece que diluye o evapora con ello su colección de insistencias equivocadas, buenismo puro. Una sola toma con el desayuno, y a pensar sin préstamos por-fa-vor. Sigo mentón...)
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