martes, 5 de marzo de 2013

Despertar

Ese hombre que camina
con las manos sujetas a la espalda,
nos saluda al pasar, comprueba su reloj,
acude a su quehacer sin preguntarse
si va en su dirección y en su sentido.

No sabe que a su espalda se libra una batalla,
que su mano derecha
aferra sin piedad a la otra mano,
la retiene a su antojo por la fuerza,
prisionera, infeliz, sin voluntad.

Foto: Federico Abad

Si un buen día la mano sometida
se niega a cooperar y en un descuido
reduce a su adversaria, se hace fuerte,
toma la iniciativa, arrebatando
el rumbo de los pasos, ya se atreve
a estrenar una vida renovada…

¿Qué será de ese hombre inofensivo
cuando empiece a arrojarse a la aventura,
a derrochar las suelas y el impulso,
abandonándose al azar
del encuentro feliz, recolectando
a su paso semillas y canciones?

(De Refutación de la elegía, Generación del 27, 2006; me pregunto lo mismo que Eduardo García cuando paseo mis manos por el invierno; una hipótesis de castañas, ciertos olores, este calor de trote..., me hacen sospechar que el tono acabará siendo de respuesta, de canción, de tatuaje, de ahogado. Sigo yunta, y aro...)
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