martes, 16 de abril de 2013

Ciudad que viaja para adentro

Aquí
la vaguedad y sus signos son fijados
con certero golpe de tinta sobre la tierra.
El viento no duda cuando dibuja
el verso que es un surco en la tierra de una quebrada
sólo sus reminscencias marinas
oxidan, a veces, con el tiempo
el esqueleto del poema.

Aquí
la vida se mira pasar con gafas de turista antiguo
y se puede oler la pestilencia del verbo.
Las coronas del monje y sus continuas renuncias
son pan de cada día,
las manzanas ya no huelen, no tienen raíces.

La geografía y sus intersticios son el tejido del día
que se deja leer,
tirando del ovillo,
a cada punto,
te confundes con el paisaje.

Foto: Timothy H. O´Sullivan

Más fácil es renunciar al pan que a las palabras,
se nos advirtió.
Siempre lo supe
cuando me vine a vivir a esta ciudad
y me detuve a escuchar el paso del tiempo entre las hojas.


(Ciudadana Antonia Torres: nos citamos junto a la plaza de los tigres, entre bandas de música y papeles aburridísimos, sin gafas de leer ni aplausos ni museos razonables. En fin, se trataba sólo de pasar algunos días en el polvo sin souvenirs, por el placer de habitar la ciudad del habla. Sigo parábolas... )
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