lunes, 8 de julio de 2013

Ánima

Me siento alarmado, la mano al costado, un objeto rapaz (verdinegro)
señala el camino del orín, no sé si en el reflejo de la ventana o en el vientre: la noche está oscura, confundo significados, puedo repetir en voz baja algunas palabras (zarco) (epístola) se me revelan anversos, y el blanco hospitalario de los cuartos de baño alicatados me revela sus metales inoxidables, espejos ovalados (no quepo) la barba en su segundo día (carmelita) hálito, algunas pomadas, el hamamelis, agua boricada (amdre) una playa, golondrinos (frotar) las axilas: alarma el color vino, el tiro del pantalón que parece buscar (rebuscar) el subsuelo, gabardina o casimir, mezclilla o dril, oruga no, verme tampoco, no es gusano de muerte o de seda, hoyo fijo, pantalón a todas luces, trabillas, portañuela, y a tu oficio: alarma del aire ennegrecido en la oscuridad total de esta noche, lo veo rebrillar buscando riberas, pétalos oscurecidos por el lustre amarillento de la luna requemada por luces de neón, alarma verdadera la luz fría (externa) de la luna (me refiero a esta noche: ninguna otra): nada impide la oscuridad, nadie identifica el color vino en cuanto color vino ni la potencia en los tobillos de mi madre plantada de piernas abiertas en la arena de una playa (Guanabo) en las afueras (1948) de La Habana, nada más necesario que ella, afincada, una torunda de algodón en rama, tiene dimensión, fronda, arboleda, la empuña, me frota las axilas, coloca un emplasto, estoy limpio, estaré curado, buen puerto, a buen recaudo: no temo.
Fuente: Wikipedia
No padezco. La alarma no es más que un alambique, tropiezos de pies al cruzarse entre meandros del camino, dunas altas, macaos, más allá de la luna una efigie, los pies enredárseme con trebejos, trípodes, un tibor al pie de la cama, búcaros de hojalata, soy de azófar, de crisolita soy, el crisol me rehace para un padre para una madre, doy gracias al Altísimo por el estero, guía de mi mirada: una mesa redonda, dos sillas de curvo respaldo, el asiento ovalado, la carcoma precisa, ánimo de un reloj de arena la carcoma precisa, y mi mujer (quizás sin querer la he alarmado) sus cabellos cortos (sargazo) un corto brazo en alto (nácar) deposita el pan devenido espiga sobre la pequeña mesa al fondo del estero, y sirve el café, café revertido luz a la espera de la pupila de la luz, efímeros, tras el último buche, su regodeo, reconocer más allá de la mirada la tajante función de la aurora.

(De José Kozer queda el mordisco a la lógica, el desdén por las formas amables al ojo; de su trompeta, las olas evidentes. De sus gaviotas, la sal que llega al párpado, los navegantes. De Kozer, toda la colección de bellos cadáveres tendidos al sol, como barcas. Sigo rupestre...)
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