lunes, 9 de septiembre de 2013

Cosa de estrellas

Si cada noche vuelven las estrellas
y vuelve el viento y vuelven a fundirse
los amantes y el mar en mi memoria,
si hay más vasos, más sed y más botellas
y brindar equivale a despedirse,
¿es el fin el principio de otra historia?,
¿es la respuesta siempre otra pregunta?
Miren ahora donde el dedo apunta,
¿qué ven?, ¿fantasmas, hombres o mujeres?
Tal vez existen demasiados seres
en cada ser y demasiados mundos
en cada mundo y nunca se terminan,
no, pasan pero nunca se terminan
las horas y minutos y segundos
que faltan para ver el fin de todo
y su principio y cuál sería el modo
de conocer que en la A ya está la Z
y que las sobras son la obra completa,
cuál, cuál sería el modo de volver
a romper este vaso en otra vida
y contar cada vidrio y suponer
que la suma es la forma y la medida
de un acto para siempre reversible.

La bóveda de Flammarion

Tiene que ser, sí, debe ser posible;
más que posible, justo; más que justo
necesario, sentir el mismo gusto
de este vino en las bocas no besadas
todavía, en las lenguas descarnadas
de quienes nunca fueron mis amantes
y abrazarme a sus cuerpos palpitantes
para que mi memoria sea el mar
mismo y el viento y vuelvan a brillar
otra vez, cada noche, las estrellas...

(Volver a través de Carlos Schilling parece lo lógico, o al menos tiene su lógica satisfactoria. Como un anfitrión benevolente que recuerda los gustos del huésped, me permite conservar ciertas formas naturales a los ojos y al oído. Sigo telescopios...)
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