lunes, 18 de noviembre de 2013

Y la muerte no tendrá dominio

Y la muerte no tendrá dominio.
Los muertos desnudos serán uno
con el hombre en el viento y la luna del oeste;
cuando sus huesos queden limpios y los huesos limpios se consuman,
en codo y pie tendrán estrellas;
aunque estén locos serán cuerdos,
aunque se hundan en el mar volverán a levantarse,
aunque se pierdan los amantes, no se perderá el amor,
y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.
Los que yacen hace tiempo en los recodos bajo el mar
no morirán allí enredados;
retorcidos en el potro cuando sus fibras cedan,
atados a una rueda de tortura, aún así no serán despedazados;
la fe, en sus manos, se partirá en dos
y los males unicornes les pasarán de largo;
Cuando todos los cabos estén rotos, ellos no crujirán;
y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.
No pueden gritar más en sus oídos las gaviotas
o romper ruidosamente las olas en la playa;
donde surgió una flor, otra no podrá
levantar su cabeza a los golpes de la lluvia;
aunque estos personajes estén locos y muertos como clavos,
irrumpirán al sol hasta que el sol se hunda,
y la muerte no tendrá dominio.
La muerte de Brueghel, tan así...
(Una habitación llena de mierda, aparentemente. Quiero decir que un mal observador no llegará nunca a comprender al bueno de Dylan Thomas cuando naufraga en revistas viejas, en papeles y botellas rotas, cuando deja de enjabonarse los pies durante meses para comunicarse con los helechos. Una habitación llena de espíritus, que abren los ojos de pez desde las máscaras africanas. Una habitación que es paisaje y agricultura. Sigo estratos, cirros, lenguas marinas...)
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