lunes, 16 de diciembre de 2013

Autorretrato a los veinte años

Me dejé ir, lo tomé en marcha y no supe nunca
hacia dónde huibera podido llevarme. Iba lleno de miedo,
se me aflojó el estómago y me zumbaba la cabeza:
yo creo que era el aire frío de los muertos.
No sé. Me deje ir, pensé que era una pena
acabar tan pronto, pero por otra parte
escuché aquella llamada misteriosa y convincente.
O la escuchas o no la escuchas, y yo la escuché
y casi me eché a llorar: un sonido terrible,
nacido en el aire y en el mar.
Un escudo y una espada. Entonces
pese al miedo, me dejé ir, puse mi mejilla
junto a la mejilla de la muerte.
Y me fue imposible cerrar los ojos y no ver
aquel espectáculo extraño, lento y extraño,
aunque empotrado en una realidad velocísima:
miles de muchachos como yo, lampiños
o barbudos, pero latinoamericanos todos,
juntando sus mejillas con la muerte.
Una de las alucinaciones de Natterer

(Palabras de ceniza, García Madero. Estábamos acostumbrados a lanzadas de vanguardia, vivos y postmodernos y deseosos de profetizar en las plazas. Pero al verte así, García Madero, tan frágil y descontento, tan nostálgico, se nos encienden las estrellas de los ojos: peligro para los bardos, peligro para los marineros: la canción nace de la primera muerte, la más joven de todas. Sigo gallos...)
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