jueves, 20 de marzo de 2014

Walt Whitman y los pájaros

Al despertar me acordé de Peter Doyle. Debían de ser las seis, en la mimosa enfrente un pájaro cantaba. No voy a jurar que fuese en inglés, sólo los pájaros de Virginia Wolf tienen esta clase de privilegios, pero el júbilo de mi pájaro me trajo a la memoria la cogujada de los prados americanos y el rostro friolento del joven irlandés que amó Walt Whitman aquel invierno, sentado al fondo de la taberna, restregándose las manos, junto al calor de la chimenea.
Abrí la ventana, en la escasa claridad que se aproximaba busqué, en vano, la delicia sin mácula que me había despertado. Pero de repente, una, dos, tres veces, se oyeron unos trinaditos mojados, que me indicaban un soplo de plumas que apenas se distinguía del follaje. Entonces, invocando antiquísimas metáforas del canto, cogí el libro venerando que tenía a mano y, de estrofa en estrofa, fui abriendo los diques a las aguas del ser, como quien se prepara a volar.

(Eugenio de Andrade mira unas diapositivas, acerca el ojo a la lámina de metal y polvo y va dibujando un paisaje, puede que recuerde eso de Borges: "Piensa, ya sin asombro, que esa cara es él. La distraída mano toca la turbia barba y la saqueada boca"; puede que vea algo parecido a ramas negras o a ojos bajo el agua. De Andrade dibuja y desliza imágenes, murmura sus contornos, nos trae a la mano los tótems, los largos bosques cósmicos... Sigo cabañas...
)
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