viernes, 4 de abril de 2014

La esposa del granjero

Desde la confusión
de su burda lujuria,
su vida estática en Illinois,
donde todas las tierras semejan
un taller de retamas floridas,
hace ya unos diez años
que ella fue costumbre
y esta noche también repetirá
vamos pronto, mujer,
y ella no dirá nada
de que en la vida tiene que existir algo más
que este puente luminoso y breve
el lecho áspero,
su lento toque ciego
como un dios muy pesado que se ha hecho ligero,
la vieja pantomima del amor
que ella empero desea
y que siempre la deja abandonada,
de nuevo estructurada,
separada su mente de la de él,
viviendo su ser propio
en sus propias palabras,
detestando el sudor que en el aire persiste
cuando yacen por fin.

Foto: Carl Mydans

(Anne Sexton acuna un bebé enfermo mientras construye un lecho gris que es su lecho y ninguno; unos brazos acunan a Anne Sexton mientras planean los días en que no habrá más aire para ella, ni más fiestas de sociedad ni más cristales estallando en la madrugada; un silencio mueve esos brazos como un aviso de nieve, como un amenazante vigía que sólo permite la vida con sobornos. Sigo plumas...)
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