viernes, 16 de mayo de 2014

Elegía del futuro suicida

Yo hablo de la integridad
como si la palabra misma fuera indivisible,
o como si todo alguna vez no retornara a nada.

Pero esto no es así.

Llega un momento en que se acaba el sueño,
La mano ya no quiere aprisionar.
La flor se desploma sobre el musgo.
Los ojos quedan secos.
La caricia no existe.
Ni la palabra amada.
Ni el rumor que se levanta del saucedal frondoso.

Nada importa que el viento golpee en cada puerta.
Ni que la lluvia humedezca nuestro calzado y nuestra alma.
Ni que la abulia sea un buitre que devora a pedazos la esperanza.

Se quiere aprisionar la risa en el puño
como una mariposa,
pero ella se aleja hacia otros privilegios.
No quiere compartir el beso que la boca entrega en la ausencia,
ni el cuerpo que se da en la hora furtiva,
ni la palabra que impulsaría a conquistar el aire.
Foto: Fred Hsu
La soledad alzándose, infatigable planta,
va construyendo un clima de sonrisas enlutadas.
La memoria yace derribada por la astenia
en actitud de delirio.
Ni siquiera es capaz de crear el grito salvaje de la angustia.

La indiferencia penetra por la piel royéndola de a poco.
El asombro por lo que no creímos
se va quedando sólo en pesadumbre
que nos va señalando nuestra propia miseria resignada.
La alegría misma ha quedado derribada en algún rincón de nuestro propio
olvido.

La lengua no blasfema.
Está extática y sola.
A su lado está también la canción trunca
que en un principio pregonaba la fuerza.

El corazón se va quedando solo.
Solo en el día.
Solo en la noche,
como un grito abandonado y yerto.

Ya nada es demasiado indispensable,
sólo el aire.
Lentamente el cansancio va forjando su lágrima.
Todo es latir apresurado hacia el final,
porque en la hora dura no queda nada:
la pureza,
el tiempo del amor iluminado,
el beso antiguo
son casi dolorosa inexistencia.

Pero se llega al día límite
que nos espera como un muro infranqueable
despojado de todo,
que es una manera de mostrar la certeza.

También se puede sonreír al borde de la vida.

(De Tránsito breve, puede que sea ésta la manera en que Rolando Cárdenas se pasea por el extremo, buscando la dignidad de lo inexplicable, o adelantándose al terror, al terror portátil que se inmiscuye silenciosamente en lo cotidiano, puede que la mera observación del fenómeno lo llene a uno de recursos contra la humedad, o puede que sea nombrarlo y danzarlo lo que lo disipe, o puede que sea inevitable aunque lo pintemos y lo retemos sonriendo perfectamente pasajeros al límite. Sigo porciones...)
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