miércoles, 4 de junio de 2014

Ovidio

La luz cae sobre la mesa del hombrecito
que repasa algunos fuegos y
descose las espaldas de la unidad.
La luz avisa que se va a ir
con una especie de apagación que
sobreviene y entra el desierto, la incierta
boda del hombre con su furia. Un perro
conversa con los astros y la casa
se llena de compañías oblicuas
y chillonas. El mal está ahí, sentado.

El hombrecito moja la pluma
en sangres que no existen, enredadas
en monstruos mismísimos y
países visibles que crujen.
Pide bueyes que le arranquen el corazón
mientras revuelve los infiernos.
Ovidio en el exilio, de Ion Theodorescu-Sion

(Juan Gelman aparece en un lugar frecuentadísimo del que digo poco: la biblioteca Ignoria que surte y mana a diario todas las palabras leídas y por leer. Es justo detenerse allí y pasar la vida, porque todos sus inquilinos guardan en los ojos ese abismo rioplatense que es miel y látigo, don y castigo, un pozo de ladrillos de cristal hechos pedazos. Así que sí, es justo. Sigo ignaro...)
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