jueves, 3 de julio de 2014

Animal de invierno

Otra vez es tiempo de ir a la montaña
a buscar una cueva para hibernar.

Voy sin mentirme: la montaña no es madre, sus cuevas
son como huevos vacíos donde recojo mi carne
y olvido.
Nuevamente veré en las faldas del macizo
vetas minerales como nervios petrificados, tal vez
en tiempos remotos fueron recorridos
por escalofríos de criatura viva.
Hoy, después de millones de años, la montaña
está fuera del tiempo, y no sabe
cómo es nuestra vida
ni cómo acaba.

Allí está, hermosa e inocente entre la neblina, y yo entro
en su perfecta indiferencia
y me ovillo entregado a la idea de ser de otra sustancia.

He venido por enésima vez a fingir mi resurrección.
En este mundo pétreo
nadie se alegrará con mi despertar. Estaré yo solo
y me tocaré
y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña
sabré
que aún no soy la montaña.
Foto: Malene Thyssen

(Como ya hizo Piñeira, que silbó la vida a punto de ser isla, aquí Watanabe desecha lo impredecible de la sal para agarrarse al hierro. No parece que importe más que el propio lecho de roca, o la intención del desgarro, porque su montaña es crisálida, y cualquier sol que abra la piedra forzará a los párpados a ver por primera vez. Sigo fogatas...)
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