martes, 29 de septiembre de 2015

El hombre cotidiano

Hay un gesto cotidiano que nos dice:
hay un modo de estar que nos delata,
y siempre el tiempo que nos recuerda quiénes somos.

Se nace una mañana empapado de alba
después de recorrer la infancia más remota,
después de volver del colegio
comiendo una naranja lentamente,
sin fijarse mucho si estamos sobre un puente,
sin ver apenas cómo alas dibujan el paisaje.

Nos sacamos nuestra máscara de sueño
para penetrar en el día. De pronto recordamos
que hay cosas que decir
sin importancia alguna,
copiar actitudes como ante un espejo
de una manera implacable,
para ser una vez más fantasma entre fantasmas.

Entonces nuestra tristeza nos recuerda
que alguna vez podemos herir el día con el grito,
para arrojar entre ruinas ese lento morir,
más breve aun que la luz en el agua.
Que podemos liberarnos de esas cosas antiguas
que siempre se suceden cansadas como siglos,
y que se puede resucitar la lluvia entre las piedras,
y siempre nuestro olvido,
sin necesidad de esperar las estrellas
para buscar en el diccionario la palabra extraviada.
Fuente: Wikipedia

viernes, 25 de septiembre de 2015

De la segunda Poesía vertical

Un corazón torcido, una voz ronca,
me han brotado en un lugar al que no llego.
Uno recoge al mundo de costado,
la otra lo devuelve por el centro.
No sé qué extraño maridaje los une,
en el cual también estoy ausente.
Sólo sé que ese mundo,
así tomado,
así devuelto,
va formando una isla en la que yo no falto
dentro de este otro mundo que es mi ausencia
Fuente: Tony Smibert

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Oda de sombra a los solitarios

La naturaleza duerme con vosotros en la cama siniestra de la soledad, cabrona de los genios.

Entristecidos y autoritarios, grandes como los sepulcros, oficiáis en las iglesias subterráneas del yo los ritos nocturnos, las fiestas profundas de la Egolatría, como trascendentales psicólogos monumentales de los sábados rojos y los campanarios de los legionarios populares…

Toda la grandeza de los tiempos aúlla con vosotros, solitarios, y la curva egregia del hombre.

Sobre las últimas cumbres de la existencia edificasteis la guarida negra —inmensa— regia casa de leones y allí os nacieron vuestros hijos de piedra y sangre y tierra terrible, a la sombra imperial del sol, bramando los triángulos fundamentales de los cánticos fenomenales de fenomenales.

Frente a frente a la sima trágica y los abismos catastróficos de la conciencia, estuvisteis cien millones de épocas, solitarios, con toda la eternidad degollada a la espalda del cerebro: ¡salud, oh! ¡Hermanos…!
El estudiante Charousek, de Hugo Steiner-Prag

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